Equinoccio en Puente Tablas

Publicado: 23/09/2020
Autor

Manuel Ruiz

Manuel Ruiz es biólogo y ocupa el cargo de presidente de la Asociación Ecologista GEA de Jaén

Quien a buen árbol se arrima...

Cuaderno sobre la importancia de ser responsables medioambientalmente y otras cuestiones culturales y patrimoniales de Jaén

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El ambiente en torno a la puerta ceremonial del oppidum es de una tensa expectación, sin apreciar el suave relente testimonio de noches...
El ambiente en torno a la puerta ceremonial del oppidum es de una tensa expectación, sin apreciar el suave relente testimonio de noches cada vez más frescas, todas las miradas están puestas en el horizonte, preñado de intensos tonos amarillos y anaranjados y acumulando una tensión creciente hasta que el primer rayo luminoso desborda la línea del monte y se inicia el misterioso diálogo entre el sol y la diosa, en un juego de luces y sombras sobre el betilo, símbolo de la Madre, que ha sido sacado de su capilla para colocarse en ese escenario, donde todos los equinoccios de primavera y otoño se produce el mismo encuentro.

Esta podría ser la narración de esa escena en el oppidum de Puente Tablas, que debió de vivirse con devoción hace dos mil cuatrocientos años, y que ayer fue representada de nuevo en un acto organizado por la Diputación Provincial de Jaén.

El oppidum o poblado fortificado ibero de Puente Tablas es otro elemento más de la rica lista patrimonial con que cuenta nuestra tierra. La singularidad de este emplazamiento estriba en que se ha ido descubriendo cómo era el urbanismo, cómo eran sus barrios, sus casas, su vida cotidiana, y más recientemente, su vida sagrada. Los antepasados iberos no eran muy diferentes de nosotros, es más, muchos elementos de nuestras tradiciones cotidianas vienen insospechadamente de ellos. Si nos despojáramos de nuestra tecnología y todo lo contemporáneo que la acompaña, seríamos las mismas personas, sujetas a las mismas grandezas y miserias, a la búsqueda de la dicha y de un sentido en la vida, con la misma posibilidad de construir nuestro destino y de superar las dificultades, con todas las capacidades interiores que hemos adquirido en nuestra propia evolución.

Hablar del gran patrimonio que alberga nuestra tierra es una obviedad, pero nunca se dice lo suficiente. Es una simpleza considerarlo solo como recurso turístico, turismo cuyo modelo la covid-19 se está encargando de señalar como agotado.

El principal objeto de nuestro patrimonio no debiera ser únicamente atraer a los visitantes que dejen su dinero en nuestros negocios, sino además y principalmente, servir de espejo y disfrute para nosotros, el pueblo que habitamos nuestra tierra. Comprenderíamos mejor cómo somos si nos viésemos como éramos en el pasado, sin la distorsión que producen los abalorios contemporáneos. Y disfrutaríamos enormemente si nuestro tiempo libre lo dedicáramos a la historia y al arte. Por fortuna, hay iniciativas en la sociedad jiennense como esta de la Diputación, o las que llevan a cabo asociaciones como Iuventa, Iniciativas Andamios para las Ideas o Nueva Acrópolis, por citar a tres muy diferentes, pero unidas por la promoción que hacen de nuestro patrimonio entre la ciudadanía. Bienvenida toda esta actividad en aras del bien común.

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