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Jueves 29/02/2024  

El cementerio de los ingleses

Negar la voz

En mi caso, por hablar de mi experiencia particular, me da bastante igual todo esto

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Hace unos meses, en esta misma columna, les hablaba de los boicots ideológicos. De cómo un corte malintencionado de una entrevista a Fernando Trueba sirvió de impulso a las mentes más cerradas para exhortar a las masas a no ver una película suya. O de cómo un ocotito, en respuesta a un post que puse en redes sociales, me advertía de que podía perder público por no ser neutral y equidistante con las cosas de pensar. Y hoy rescato ese tema porque, en aquella ocasión, sólo explicaba mi posición al respecto: si alguien no quiere leer mis libros por mi forma de pensar, no es público para mis libros. Yo escribo para mentes abiertas o dispuestas a abrirse, de modo que la torridez de los relatos de Nombres de Mujer o la historia de erotismo y misterio que propongo en El Faro de Estela no son material de consumo cultural para quien no es capaz de tolerar pensamientos diferentes. Sin embargo, hoy quiero hablarles de la intención que encierran estos mensajes que recibo.

En cualquier debate, se confrontan ideas y se exponen los argumentos que sustentan cada postura. Sin embargo, la ausencia de esos argumentos suele llevar a dos opciones: intentar ganar el debate recurriendo al bulo y la desinformación o intentar silenciar a la parte contraria. Recurrir al bulo puede ser, hasta cierto punto, efectivo: todavía hay quien cree que los inmigrantes ilegales copan las ayudas sociales o que Franco creó la Seguridad Social. Repetir una mentira mil veces hasta que se convierta en verdad, mentir que algo queda... Estrategias de propaganda que explotó un tal Goebbels hace un siglo y que, en la época de las redes sociales, funcionan con más fuerza que nunca. La otra opción es tratar de silenciar al adversario, tratando de mermar su imagen o de desgastarle hasta el punto de que se autocensure a la hora de expresar pensamiento alguno. Cuando además uno depende de esas mismas redes para promocionar su trabajo, toca pensar dos veces antes de emitir una opinión. A fin de cuentas, las cosas de pensar pueden sacrificarse si están en juego las de comer. Y así andan, tratando de negar la voz a quien no piensa igual, los que no tienen con qué rebatir un argumento o convencer de sus ideas.

En mi caso, por hablar de mi experiencia particular, me da bastante igual todo esto. A efectos prácticos, sólo llevo dos años de aventura literaria y, teniendo en cuenta que llevo otros cuarenta años en el mundo, no es difícil deducir que mi subsistencia y puntual pago de facturas e hipoteca no peligra. Así es fácil seguir contestando y que sus ataques

no produzcan más que cierta transpiración en el área inglesa (entiéndase como la región anatómica comprendida entre las dos ingles). Otros compañeros que sí viven exclusivamente de su obra son los verdaderos valientes por no arredrarse y seguir expresándose. La táctica de negar la voz tratando de menoscabar la imagen de quien no nos gusta sólo funciona ante esa minoría que profesa tal bajeza intelectual y moral. Sí es cierto que desgasta, que tampoco tenemos tiempo para contestar a cada ofensiva contra nosotros en redes sociales y que tampoco merecde la pena porque el público que nos hemos ganado a base de trabajo duro siempre estará ahí. Se suele decir que «en todos los pueblos hay un tonto» y, cuando un libro está a la venta en siete países, por estadística salen muchos tontos potenciales que te quieran negar la voz, hundir tu trayectoria o buscar que le hagan casito. Hay personas con quienes se debate de mil amores, con un tono moderado y de forma constructiva: es lo lógico, todos queremos lo mejor para nuestro país, nuestra sociedad o el mundo en general y tenemos ideas diferentes sobre cómo conseguirlo. Con otros que sólo repiten soflamas, insultan, difunden bulos (algunos, a sabiendas) o comentan sólo por llamar la atención, sólo hay un remedio: una buena ducha para que no se acumule la transpiración anteriormente referida, que luego vamos por ahí oliendo a choto.

Me llamaron «pagafantas», «planchabragas» o hasta me dijeron que «no te creas que así vas a follar más» por ser feminista y decirlo. Me llamaron «escritor de lavabo» (ni que mis libros fueran de porcelana) por usar lenguaje inclusivo en mis redes sociales. «Rojo, comunista, bolivariano...» y todo el repertorio que ustedes ya se saben de memoria por defender los servicios públicos y exigir responsabilidad a los políticos mediante la reversión de las privatizaciones y externalizaciones. Lo último ha sido «ecologeta» por la columna que escribí sobre la aberración urbanística que se está haciendo en El Palmar (lo de el macroproyecto Valhalla mientras sigue sin haber gestión de residuos ni agua potable para los vecinos). Son muchas duchas para limpiar el sudor de mis partes pudendas y el butano está carísimo, homeporfavó. Además, nunca podrán negarme la voz: siempre me quedará la tinta. Qué a gusto me he quedado, joé.

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