Mis calles

Publicado: 19/09/2022
Autor

Manuel Varo Pérez “Ica”

Autor que cantara a su pueblo por carnavales y escribiera parte de su historia en Barbate Información, Trafalgar Información y Viva Barbate

Tambucho y Emparrillao

Narrador empedernido de un paraíso llamado Barbate, donde la naturaleza se distingue por su belleza

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Mientras que los niños disfrutaban de sus vacaciones, ejércitos alados de ruidosas golondrinas seguían alegrando mis despertares...
Nací en el del ‘Hoyo la Tota’, donde confluían varias calles que eran las encargadas de hacer el lago más grande cuando en invierno llovía  o la plazoleta más deseada el resto del año. Su vigencia era constante por  estar casi en el centro neurálgico del pueblo.  Por ella pasaban todo tipo de vendedores callejeros y era el campo de futbol más cercano para los niños del barrio. En definitiva, que servía para todo y, como en otras calles, los rótulos de las esquinas nos hacían recordar el estado mayor del movimiento sísmico que todo lo cambió.

Hoy vivo en una calle, a la cual también le cambiaron el nombre. Creo que es la única que  se escribe diferente. No sé si debido a que unos saben mucho y otros saben más, o todo lo contrario. Yo escribo Baesippo, haciendo caso a mi gran amigo Juan Francisco Romero Bermúdez ‘Sardina’, erudito en estas materias. Dice que el sufijo del topónimo ‘ippo’ era empleado allá en la antigüedad en el río Barbate, y yo, como barbateño, así lo escribo.  Lo cierto es que en ella hay un Colegio Público que tiene rótulos diferentes: Baessipo y Baesippo.  Pero lo más difícil es que no la encontremos del todo limpia. Por supuesto no culpo a los operarios de la limpieza, porque desde las diez de la mañana su tres contenedores (como en otras muchas zonas), están totalmente repletos. Así que reparto los residuos entre político-civiles y el lumbrera que diseñó la distribución de la limpieza viaria, plantándoles cuatro contenedores en una esquina y tres en la otra; además de un transformador en la misma puerta del colegio.   

Dejaría de ser yo si no argumentara de otras calles: la cantidad de voluminosos parterres entre acera y vivienda con exótica vegetación, a cuyas hojas  le cortan las puntas para no dañar a los viandantes; aceras con todo tipo de bolardos; resbaladizas ‘esquinas antitetónicas’; bordillos y aceras por debajo de algunas calles que, cuando llueve, es mejor andar por el centro; badenes parecidos a ‘la ola’ en las ‘casas baratas’, y esas entradas de garaje en la calle Luis Braile, algunos más altos que el ‘antiguo cerrito’, precisamente en la calle de un invidente. Así que, incluyendo los silenciosos patinetes y bicis eléctricas, aquellas antiguas calles de  arena y piedra eran mucho más seguras y menos aburridas.

Bueno, con sus pequeños defectos, tengo que reconocer que mi calle es muy bullanguera. Siento que Juan Paquete haya convertido la Peña los Bandoleros en dos salones comerciales, pero la culpa ha sido de los de ‘Sierra Morena’. Pero eso no quita que en la jornada escolar,  todas las mañana me despierte la alegría y algarabía de esas legiones de niños con sus maletas llenas de ilusión  y fantasía.

Mientras que los niños disfrutaban de sus vacaciones, ejércitos alados de ruidosas golondrinas seguían alegrando mis despertares, cuando veía sus negros aleteos describiendo notas de alegría en la blancura de las fachadas, como su pentagrama de trinos que también hacían palpitar mi corazón de alegría. Ya se marcharon con su música en movimiento ‘las oscuras golondrinas’, pero han vuelto los niños, y entre ellos, este año, Manuel y Lucía.  Así que niños o golondrinas, cada mañana me despiertan la felicidad más simple y sencilla.

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