Peregrino Lunático

Publicado: 13/03/2013
Él que había comenzando escribiendo a mano y hoy no podía pasar sin su ordenador fijo o portátil, incluso en algunas ocasiones iba elaborando sus escritos en su tableta última generación, volcando el ADN de cómo veía y entendía lo que ocurría a su alrededor
Nadie tiene todo el tiempo del mundo para llevar a cabo sus planes y hacer realidad sus proyectos. De todas formas Peregrino Lunático, a pesar de parecer eternamente ausente,  había aprendido que en la vida no era tan importante el cuánto, sino en qué y de que manera se empleaba el tiempo que la existencia nos ofrecía. Había aprendido a conocerse a sí mismo, y tal vez esperaba demasiado tanto de él como de  los demás.

En su memoria de lo ocurrido, por su sentido positivo de las situaciones y cosas, solo tendía a recordar los momentos gratificantes, como aquel que estando despuntado el día asomado a uno de esos  balcones que miran   a la bahía, sonó el teléfono de la habitación de aquel hotel y le confundieron con un famoso escritor.

Peregrino se sintió halagado, pero el solo era un aprendiz en el difícil arte de combinar palabras, con expectativas de lograr encontrar algún día su gran historia que le hiciera triunfar, un proyecto, con el que  aspiraba alguna vez  sorprender a los lectores y dejarlos boquiabiertos.

Entre la prudencia y la responsabilidad, intentaba reforzar su compromiso con la literatura día a día. Él que había comenzando escribiendo a mano y hoy no podía pasar sin su ordenador fijo o portátil,  incluso en algunas ocasiones iba elaborando sus escritos en su tableta última generación, volcando el ADN de cómo veía y entendía lo que ocurría a su alrededor.

Cuando comenzaba a desplazar sus dedos por el teclado, no era casual sino que ya tenía algo, un objetivo hacia el que dirigir sus pasos, sin ir del follón al folletín, las claves de una idea y de cómo exponerla, de iniciar un camino desprendiéndose de muchas cosas y saber olvidarse de antiguas y viejas costumbres que le anclaban sin dejarle avanzar.

Su genialidad  y originalidad le hacían sentir capaz de superar cualquier reto, descubriendo en ese proceso nuevas voces y caminos para abordar otros fondos y formas de revolotear  y jugar con los conceptos y los vocablos, procurando pillar desprevenido al lector con el ánimo de sorprenderle.

Con la edad, Peregrino había ido tomando distancia  y analizaba en profundidad sus abordajes literarios y  aunque no creía en los milagros, notaba que tras muchos años de trabajo sus esfuerzos se veían recompensados.

Tal vez, había llegado el momento de reinventarse, de no dejar dormir su imaginación y mantenerla despierta y viva , de lograr que las palabras cobraran vida en la mente de los lectores, de no darse jamás por vencido por muchas horas que pasaran en las que no lograba encontrar el argumento o los personajes.

Es posible, que ahora con más años y más humildad, no se sintiera satisfecho nunca de lo escrito aunque lo leyera y lo rehiciera mil veces. Debía armarse de un gran sentido del humor y unas grandes dosis de modestia, para darle vacaciones a su ego y tomarse a chota de vez en cuando.

Su vida se había convertido poco a poco en una novela de misterio, en la que todo el mundo hacía cabalas sobre el comienzo pero nadie encontraba una explicación convincente al final. Empezaba a darse cuenta que había comenzado el éxito, pero que este era tan efímero que no tenía tiempo para disfrutarlo y prefería quedarse con las pequeñas cosas y su gente de siempre.

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