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Martes 28/06/2022  

Una feminista en la cocina

Olvera

No es campo, sino Belén naciente arrebolado de olivos que manan oro embotellado en barricas de plástico

Publicado: 26/11/2021 ·
11:18
· Actualizado: 26/11/2021 · 11:32
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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Panorámica de Olvera.

Pegada está al cielo, puenteando sus nubes, bifurcando entre carreteras asfaltadas de camiones y tractores lentísimos. No es campo, sino Belén naciente arrebolado de olivos que manan oro embotellado en barricas de plástico. No es de extrañar que si la sangre oleosa es tan buena, la comida esté tan rica. No lo es que habiendo lluvias amplías que tatúan el camino de subida de grises metalizados, los residentes se afanen por un rayo de sol como buscadores de tesoros. Las terracitas son territorio conquistado por abueletes festivos, señoras paseantes y familias enteras que degustan vida. El verano pasó entre calores sofocantes y atardeceres que no se hacían noche porque en la serranía solo hay calor o más calor sin que nunca oscurezca la esperanza. No hace falta ser guiri para apreciar su belleza, simplemente con tener ojos en la cara y una buena dosis de amor por lo bueno que nos depara la vida, ya nos vale.  Ahora que el otoño suspira querencias de invierno, se la ve desvaída e inquieta allí en lo más alto entre las nublas y neblinas, entre el ruido que llega de la carretera y los abismos que surcan las piedras.

Olvera se muestra poderosa y altiva, Reina mora acaudillada por casitas pegadas a una ladera que no se sabe si sube o baja, pero que se empina como pechos de núbil. No son sus castillos , ni sus ruinas , ni sus iglesias lo que derrama el aliento , sino gente trabajada que pone los gemelos a disposición del desnivel del piso para adaptarse a él , persignando las casitas con portalones cerrados a cal y canto y comercios tradicionales y gente buena. No hay mareo de desvarío en esta diosa mortal conformada por asentamientos, uno tras otro, porque otear siempre ha sido privilegio de conquistadores y ella, botín de reyes. No son sus habitantes más que moradores del cielo, en una Sierra esculpida a vientos y tempestades, a Levantes y Ponientes que emigraron de un mar lejano , pero que se hacen presentes en los humedales y las brumas mañaneras. Faro de navegantes que trashuman carreteras viéndola allí arriba dormida entre peñascos y piedras que atesoran vistas incomparables y lejanías. Mapa del tesoro en vías retorcidas como los sarmientos. No es de extrañar que los árabes se enamoraran de ella, ni que los conquistadores posteriores tuvieran que luchar encarecidamente para hacerlos huir de las puertas del paraíso. Sangre derramada entre amapolas y jaramagos, entre algarrobos y encinas. Óleo bendito que mana de la tierra.

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